Antes del canal

Esta crónica fue publicada en el año 2012 en la Revista Travel Time.

Ciudad de Panamá

Desde hace mucho tiempo el principal atractivo turístico de Ciudad de Panamá han sido las esclusas de Miraflores, uno de los principales centros de observación del canal. Sin embargo, y bajo un silente trabajo, el Casco Antiguo se ha ido refaccionando y convirtiéndose poco a poco en la nueva gran atracción turística, donde nació la independencia panameña y donde aún queda un mundo por descubrir.

Un hombre de color dibuja con pintura negra el logo de su pequeño local comercial, apostado en la primera planta de un edificio maltrecho de unos ocho pisos, cuyos muros alguna vez lucieron un rojo radiante. A un par de metros de distancia, dos ancianos conversan animosamente, sentados en el pórtico de otro bloque de viviendas, cuyas terrazas protegidas por fierros imposibles de arrancar, están decoradas con la ropa tendida de las familias que las habitan.

Los automóviles que transitan por las calles antiguas zigzaguean en busca de una superficie plana que no dañe sus amortiguadores y los diablos rojos (como le llaman a los antiguos y coloridos buses urbanos) avanzan con la misma propiedad de siempre por la Ciudad de Panamá. Esto, a pesar de que el gobierno ha implementado un nuevo sistema de locomoción colectiva, muy similar al de Colombia, Brasil y Santiago, con vehículos último modelo, pero que no mucha gente utiliza aún.

Ciudad de Panamá - Diablos Rojos

El barrio de los edificios maltrechos y de colores indefinidos, de calles imperfectas y cableado eléctrico contundente, se llama El Chorrillo, un corregimiento apostado a los pies del cerro Ancón, reserva natural inserta en la zona antigua del Canal de Panamá, cuyo acrónimo significa Asociación Nacional para la Conservación de la Naturaleza. Ahí, al costado de la ciudad moderna, se pueden apreciar animales típicos del lugar como los perezosos, coatíes o armadillos.

La trascendencia del Chorrillo, no solo se debe a que es la antigua residencia de los primeros extranjeros que llegaron a Panamá en busca de oportunidades laborales dentro del canal, que por ende se transformó en una de las primeras urbanizaciones del país, sino que su importancia recae en que hoy día, forma parte del ingreso al Casco Antiguo de Ciudad de Panamá, el diamante en bruto que este país ha descubierto desde hace poco y en el que ya se ha comenzado a trabajar para refaccionar hasta el más mínimo detalle.

Una ciudad de contrastes

Caminar por las calles en proceso de remodelación del Casco Antiguo de la ciudad, también conocido como Casco Viejo, es una aventura. Cada pocos metros, el sonido de los cargadores frontales nos avisa que vienen en camino y perfectamente nos podrían arrollar, a la vez que para esquivarlos, se debe tener un muy buen ojo, para saber dónde poner los pies sobre el averiado pavimento, que de a poco se lo va comiendo un manto perfecto de adoquines rojos.

Las antiguas casonas o pequeños edificios con no más de cinco pisos, están recubiertos por grandes andamios, en donde los trabajadores se esmeran reconstruyendo el pasado. Los angostos callejones están perfectamente custodiados por policías que permiten el andar libre de indefensos y rubios turistas extranjeros, quienes al poco andar, deben desviar su ruta debido a los cerros de tierra y piedra molida que se van apostando a la orilla de cada construcción, advertidos eso sí, por fluorescentes conos y luminosos letreros que avisan: “Proyecto Preservación del Patrimonio Histórico de la Ciudad de Panamá”, “Atención, paso peatonal”, “Vía Cerrada” o “Cerrado por construcción”.

No se trata de decir únicamente que el Casco Viejo es un lugar lleno de historia, que si bien el cliché aquí pega muy bien, lo que verdaderamente resalta es su sencillez. Este barrio nos cuenta su vida sin demostraciones apoteósicas, lo que invita a cada turista a descubrir por su propia cuenta, qué hay detrás de cada plazoleta, de cada muro.

La Plaza Mayor, ubicada en pleno centro del barrio viejo (ahora nuevo) y que también es reconocida como Plaza de la Independencia, por ser el punto en el que Panamá se liberó de España en 1821 y de Colombia en 1903, goza de cortos corredores de arbustos y un par de árboles pequeños, que sirven de sombra para cientos de trabajadores que transpiran con los 33º de calor y que yacen echados sobre pequeños bloques de pasto, descansando durante la hora de almuerzo.

El lugar también está poblado con los aún pocos comerciantes, que venden los típicos suvenires: camisetas con una estampa que dice “¡Hola Panamá!”, magnets del canal, shots de tequila con imperfectos dibujos del Casco Antiguo, gorros de Al Capone, algunos puros, botellas de ron local y guantes de cocina con bordados de loros.

Al frente, la Catedral Metropolitana Santa María La Antigua, construida en base a piedra y protegida por dos pilares blancos, en cuya cima, cada uno porta una pequeña campana, abre sus puertas de madera para quien quiera visitarla. Adentro, los panameños cantan descoordinada, pero animosamente, en una misa que mezcla el estilo Harlem con el clásico protocolo canónico.

A solo dos cuadras, un par de discos Pare, un pequeño grupo de la Policía Militar y una barrera, restringen el acceso a un estrecho corredor que culmina con el Palacio de las Garzas, ni más ni menos que la sede de la Presidencia de la República. Desde ahí se pueden apreciar dos momentos históricos del país; el de la Independencia y el de la ciudad nueva, la que se levantó gracias a los ingresos del Canal de Panamá, la de los enormes edificios, poseedora de cuatro de los cinco rascacielos más altos de Latinoamérica y de enormes centros comerciales. Ambas penínsulas, separadas apenas por un par de kilómetros, conforman la Bahía de Panamá.

El Casco Antiguo se ha transformado en una alternativa frente a las grandes atracciones turísticas de la capital panameña. Sus seductores bares, hoteles y restaurantes invitan a conocer con tiempo y calma este escondido tesoro, muy similar a La Habana cubana, aportándole un nuevo destino a esta capital que ya ofrece los atractivos del Canal de Panamá, como su histórica construcción y el museo ubicado en el mismo Centro de Visitantes de Miraflores. Ahí se puede apreciar el tránsito de los barcos de carga, pasando por sus enormes y modernas esclusas, atravesando el continente por su zona más angosta, que separa el Océano Atlántico del Pacífico en apenas 80 kilómetros.

Esto, además del sinfín de intereses por conocer en la capital financiera de Centroamérica, como los recorridos en lancha por el lago Gatún y su impresionante flora y fauna selvática, que lleva a los turistas a internarse en su selva y conocer la forma de vida de los Emberá, uno de los seis grupos aborígenes de Panamá.

Otra opción solicitada por los visitantes, son las visitas a Panamá Vieja, un sitio arqueológico que muestra los principios de la Ciudad de Panamá, ésta, el primer asentamiento europeo en las costas del Pacífico en América, desde su fundación en 1519 hasta 1671 cuando fue destruida por el pirata inglés Henry Morgan.

 

De pronto, sobre las zonas de reconstrucción del Caso Viejo, fuertes truenos se comienzan a sentir. Las nubes espesas y grises avanzan rápido, cubren en menos de dos minutos el cielo despejado y dejan a la ciudad sin ese sol quemante que obliga a los trabajadores y turistas a ocultarse bajo un árbol.

La lluvia empieza a caer con furia y en gran cantidad. Pero para lo turistas no hay nada malo en ello, más bien todo lo contrario, el agua los hace entrar a un bar o restaurante y pedir una cerveza que les refresque del calor o un mojito que endulce los paladares, mientras una buena porción de arroz con mollejas y chuletas de cerdo en salsa de piña, llenan los estómagos vacíos luego de un día de recorridos sin tregua.

Afuera, los trabajadores no descansan y los policías yacen en cada esquina sin mayor preocupación que conversar con el colega de turno. Ambos, obreros y oficiales, quizás no noten que son parte de la reconstrucción del pasado, de la recuperación de la antigua Panamá, esa que crecía antes del canal.

Ciudad de Panamá - Casco Antiguo

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