Cuando se ataca a los yihadistas

Columna publicada en El Mostrador en el año 2015

¿Por qué ciertos grupos terroristas se han adjudicado el derecho de interpretar la voz del profeta en una lucha completamente injusta para la gran mayoría de los musulmanes? ¿Por qué nosotros, dentro del mundo occidental, les damos el privilegio de llamarles musulmanes a los miembros de organizaciones terroristas que deben prácticamente toda su emancipación a quien dicen, es su propio enemigo? Sería necesario, hoy más que nunca, intentar identificar a los distintos actores de esta guerra que algunos erróneamente llaman santa.

A raíz de los ataques simultáneos en París el pasado viernes 13 de noviembre, han circulado a través de las redes sociales numerosos informes y videos explicativos acerca del origen del conflicto sirio. No obstante, pese al aporte y al visible interés que han generado en los internautas, sigue existiendo un asunto aún sin abordar en los medios y que aparentemente, ni siquiera llega a ser cuestionado: la verdadera identidad de los terroristas.

Atentados ejecutados por organizaciones como al-Qaeda, al-Nusra, Isis, o incluso por “lobos solitarios” (terroristas independientes), suelen ser desclasificados como una ofensiva armamentista del Islam a occidente. Sin embargo, ¿serán estos grupos genuinos abanderados del mundo árabe o del Islam (cosa muy distinta por cierto) en una lucha que de religiosa tiene muy poco?

Existe un sinfín de puntos de vista frente al conflicto, como si el autodenominado Estado Islámico verdaderamente representa la palabra del profeta Mahoma o no, imprecisión irresoluble incluso dentro del mundo musulmán, más aún cuando la gran mayoría de los fieles pareciera negarse a aceptar y menos adherirse a la lucha terrorista. Campañas bajo hashtags como #NotInMyName o #TerrorismIsNotReligion, entre otras manifestaciones antiterrorismo, demuestran un compromiso del mundo islámico que es interesante de analizar y que responde con fuerza contra quienes aún sostienen que occidente y el Islam se enfrentan en un choque de culturas o civilizaciones.

Sería igualmente injusto adjudicarle la cruzada de Isis a la población musulmana, como las estrategias militares de EE.UU. e Israel a los occidentales, por poner un ejemplo. Pero por si fuera poco, la identificación imprecisa acerca del origen de los participantes de este choque de subculturas, es alimentado por errores semánticos que no logran más que expandir un cáncer llamado “islamofobia”.

Da la sensación de que el uso del “yihadismo”, como adjetivo de connotaciones negativas, se usara más incluso que el término “terrorismo”, casi como si sonara más atractivo, exótico. Pero su uso indiscriminado en los medios, para hacer referencia a los terroristas que se autodenominan “yihadistas”, no debiese ser un error atribuido a los comunicadores; el mal uso está instalado de raíz y cambiarlo pareciera imposible.

No es solo un error, sino que además un daño incalculable y posiblemente irreparable para los musulmanes, que ven cómo se les tiende a etiquetar a todos por igual.

Si se afirma que el terrorista es yihadista, ¿es correcto decir que el significado de yihad es causar terror? El concepto parece ser bastante más amplio. En su libro “No God but God”, el mediático teólogo, Reza Aslan, describe: “La yihad literalmente significa ‘lucha’, ‘voluntad’ o ‘un gran esfuerzo’, y sus primeras connotaciones religiosas se referían a la lucha del alma para sobreponerse a los innumerables obstáculos que alejan a las personas de Dios”.

Considerando lo anterior, el Corán incluso describe las diferencias entre la “gran yihad” y la “pequeña yihad”, siendo la primera una misión personal de cada creyente por lograr la pureza espiritual y permanecer lejos del pecado. La segunda en tanto, habla de la guerra justa o legal, pero jamás santa, que no necesita únicamente de la violencia ni las armas, como sí lo hicieron las cruzadas católicas, gestoras de las verdadera “guerra santa” que hoy día el occidentalismo más puro replica a destajo.

Ahora bien, cómo cada musulmán construye su propia yihad, va a depender básicamente de cuál de las decenas de ramificaciones y derivaciones del Islam provenga, tanto en sus órdenes como en sus prácticas. El concepto cuenta con diferentes grados interpretativos e independiente de que el actuar de ciertos terroristas pueda ser validado como yihad, no sería preciso hablar de “los yihadistas” como si fuera un movimiento único.

Ni siquiera entre los musulmanes existe una interpretación unánime para llevar a cabo la yihad, entendiéndose que cada musulmán posee su propia lucha interna frente al llamado de Mahoma. Si el término correspondiera a lo que entendemos en occidente, significaría que los aproximadamente 1.400 millones de seguidores del Islam serían terroristas. Solo unos cuantos más que los estimados 40 mil del autodenominado Estado Islámico, de los cuales se calcula que al menos 12 mil son extranjeros. Pero lamentablemente este concepto tan multifacético, tanto en lo teórico como en lo práctico, ha sido únicamente identificado según la definición atribuida por un grupo de terroristas que está muy lejos de ser la bandera del Islam, por mucho que pretenda adjudicársela.

¿Son ellos los exclusivos yihadistas? Una organización que cuenta con cerca de 2.500 combatientes de occidente, que independiente de si sus orígenes son musulmanes o no, son los “infieles” que ellos mismos eliminan tras cada atentado, ¿realmente obedece los mandamientos del Corán? Muchos de los convertidos no cuentan ni si quiera con dos años de devoción. La mayoría busca el estatus de vida que se le ha negado en la zona sur de Londres o en París, y justifica su venganza en el nombre de Alá. ¿Podemos decir que aquellos terroristas que manejan camionetas Haima –marca china-, aterrorizan al mundo mediante grabaciones de alto costo de producción y disparan armamento estadounidense, pelean por una causa religiosa?

De momento esta discusión semántica está muy lejos de ser tema de debate, sin embargo, es preciso concluir que si bien existen las herramientas mediáticas dispuestas para informar a las sociedades occidentales acerca del conflicto en medio oriente, sería altamente necesario que además hubiese información suficiente que nos permita conocer más sobre la religión en cuestión y que sobre todo, esté disponible para quienes aún hablan de una guerra santa.

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