Los colores del hielo

 

Islandia

Cascadas, geysers, volcanes, glaciares, acantilados y fiordos abundan en Islandia, una isla ubicada a metros del círculo polar ártico y literalmente congelada en invierno, pero poseedora de inagotables argumentos para ser una de las mayores atracciones naturales bajo cero.

Es noche de pleno invierno, el termómetro marca -10º, nieva y un viento ensordecedor corre a 120 kilómetros por hora. Por la orilla del glaciar Vatnajökull –el más grande de Islandia- hay un solo vehículo que transita a esa hora. La tormenta de nieve dificulta su desplazamiento y la precaria ruta de tierra no es la mejor aliada para viajar. Descrita así, la escena estremece, sobre todo si se tiene en cuenta que el poblado más cercano se encuentra a 50 kilómetros de ahí.

Inesperadamente el viento se detiene, deja de nevar y las primeras estrellas avisan que lo peor ha pasado. Las nubes arrancan del cielo y el silencio se apodera del lugar. A lo lejos, una gran columna verde y luminosa se abre paso imponente entre las estrellas, zigzagueando como una serpiente.

Islandia es uno de los mejores lugares para apreciar la aurora boreal, un fenómeno tan mágico por lo natural y asombroso por lo desconocido y que al llenar la noche de vida, le recuerda a los visitantes, que esta hermosa isla ubicada a menos de un kilómetro del circulo polar ártico, es una exhibición de colores sorprendentes.

Reikiavik

El descenso a la pista del aeropuerto internacional de Keflavíc, deja la sensación de aterrizar en una base militar polar. En un escenario totalmente blanco, construcciones tipo containers, adaptadas para el invierno, no distinguen casas de centros comerciales ni hospitales. Sin embargo, al entrar en Reikiavik, la capital, todo cambia bruscamente.

Predomina la arquitectura inglesa, con coloridas casas que iluminan una pequeña península que conforma el centro de la ciudad, alejada de sectores industriales y financieros. A la antigua caleta, hoy la rodean museos, restaurantes y bares que se encuentran entre sus tranquilas calles llenas de tiendas de souvenirs, de ropa y oficinas de turismo. No es difícil que el visitante se pierda entre plazas y parques mientras decide en cuál de las cafeterías capeará el frío.

Sobre uno de los puntos más altos de esta ciudad de 200 mil habitantes, la imponente y peculiar iglesia de Hallgrímur, (con 75 metros de altura es el edificio más alto de Islandia), es testigo de cómo la serenidad de los capitalinos se transforma con la bohemia nocturna, siendo el punto de encuentro de artistas que llegan de vacaciones y de quienes dan sus primeros pasos en la música y el arte. Definitivamente, Reikiavik está hecha para recorrerla y disfrutarla a pie y sin apuros, siendo un paraje perfecto para descansar previo a un intenso recorrido por el país.

El Círculo Dorado

Uno de los destinos más cercanos a Reikiavik es el Círculo Dorado, que comienza 40 kilómetros hacia el norte y que incluye un trayecto de cerca de 300 kilómetros. Dependiendo de los intereses, se puede hacer en un día y en cualquier tipo de vehículo.

Pese a que el Circulo Dorado cuenta con un sinfín de atracciones naturales y que el solo recorrido entre montañas nevadas, ríos y lagos merece la pena, el parque nacional Thingvellir -Patrimonio de la Humanidad-, ofrece una caminata tan sorprendente como histórica dentro de la fisura que divide a dos continentes; un cañón que separa las placas tectónicas norteamericana y euroasiática, y cuya depresión se ensancha cerca de 2 cm por año. Thingvellir es también conocida por ser desde el año 930, una de las primeras sedes parlamentarias de la historia.

A pocos kilómetros está Geysir, popularmente conocido como el padre de los geysers y al que se debe el nombre de este fenómeno geotérmico. Pero pese a que dicho geyser de 22 metros de diámetro y casi 80 de altura dejó de erupcionar desde comienzos de siglo, cada 6 o 7 minutos aún se puede apreciar la actividad de su hermano menor, Strokkur, cuya emanación de agua color turquesa, de más de 20 metros a lo alto, lo hacen el más atractivo de Islandia.

A 10 kilómetros, siguiendo la misma ruta está Gullfoss, una cascada que cae sobre una estrecha grieta a 32 metros de profundidad. La corriente de esta gran masa de agua oscura que se abre camino entre la nieve y el hielo, golpea fuerte interrumpiendo el silencio reinante del lugar.

Cuando el sol que de vez en cuando asoma entre las nubes comienza a descender, es prudente terminar el recorrido. La ruta de regreso se pierde entre solitarias casas de techos verdes y rojos apostadas a los pies de las montañas, sorteando pequeños cráteres inactivos, lagunas y bosques de pinos que sobreviven al invierno islandés que curiosamente no baja de los -18º.

Tras un intenso día de recorrido, una de las opciones más recomendables para descansar el cuerpo se encuentra a las afueras de Reikiavik. Se trata de la famosa Laguna Azul, un espacioso centro termal completamente equipado y edificado al borde de una laguna color turquesa, formada entre rocas volcánicas, y cuyas temperaturas de hasta 40º son alimentadas por corrientes de lava formadas a su alrededor.

Aquí es donde turistas e islandeses se reúnen a compartir en familia, a degustar un espumante azul y conversar por largas horas. Algunos aprovechan los minerales del barro volcánico para limpiar la piel, otros simplemente dormitan flotando en sus calidas aguas arrullados por el suave murmullo de sus visitantes.

Viaje alrededor de Islandia

La Ruta 1, también conocida como Ring Road, se extiende por 1.340 kilómetros que bordean toda la isla. De una sola pista, la carretera se pierde solitaria en el horizonte, como invitando a un viaje exclusivo, sin camiones que adelantar ni peajes que lo detengan. Recorrerla en auto es sin duda la mejor opción.

Si bien las agencias de turismo sugieren disponer de al menos ocho días para conocer las principales atracciones del país, se necesitará desde dos semanas para recorrerlo con mayor profundidad. En cuanto al viaje al centro de Islandia, solo se puede hacer con equipos de turismo especializados en trekkings de mayor complejidad.

Como los temporales de nieve son frecuentes en invierno, e incluso durante el otoño al norte del país, es fundamental revisar en Internet el estado de la ruta antes de iniciar cada trayecto (www.road.is). Lejos de ser un problema, un eventual corte en la Ruta 1, obligará al viajero a tomar pequeñas carreteras alternativas que le harán alucinar con cada joya escondida tras sus curvas entre mar, montañas y glaciares.

Al sudeste, el trayecto comienza bajo el agua. El camino se abre paso a los pies de grandes montañas, en cuyas cimas a veces verdes, asoman imponentes barreras de acantilados que desde lo alto dejan caer grandes cascadas.

El salto de agua de Seljalandsfoss es uno de los predilectos puesto que un pequeño sendero permite cruzarlo por detrás y así verlo desde el interior. Pero para que la vista sea perfecta, es recomendable llegar temprano para apreciar la salida del sol tras la cascada que golpea fuerte en una pequeña laguna, cuyas orillas congeladas se unen a la llanura que desaparece con el amanecer. Para los aficionados a la fotografía se recomienda llegar de noche si es que las posibilidades de aurora boreal son altas (chequear en.vedur.is).

40 kilómetros más adelante, la ruta enfrenta una gran muralla de hielo que sorprende por su fuerte color azul. Se llama Sólheimajokull, una de las extensiones de Myrdalsjokull, el cuarto glaciar más grande del país y punto desde donde salen todo tipo de excursiones; desde un trekking, cuya recta final se hace sobre la laguna congelada al borde del glaciar, hasta expediciones guiadas por sobre su capa superior y por sus cuevas.

Si es que comienza a anochecer y no se ha reservado hotel, se puede encontrar alojamiento en uno de los innumerables hostales apostados al costado de la ruta o si aún es temprano, es posible conseguir algo un poco mejor en la localidad más cercana llamada Vik, un pueblo costero que cuenta con no más de cinco hospedajes, un restaurante, una iglesia y una gran playa de arena negra.

El acercamiento a la costa pareciera darle nuevas tonalidades al trayecto. Tras dejar las laderas de las montañas, salpicadas en ocasiones por inesperadas iglesias de colores, antiguas granjas y casitas con techo de pasto incrustadas en el monte, el mar se transforma en un compañero de viaje frecuente hasta llegar a una de las extremidades del glaciar Vatnajökull, que ocupa el 9 por ciento de todo el país.

Ahí se encuentra Jökulsárlón, para muchos el destino predilecto. Una laguna de 18 kilómetros cuadrados, poblada de icebergs de espectaculares formas y colores desprendidos del glaciar. Algunos de ellos navegan por la desembocadura que cruza la Ruta 1, hasta varar en una playa ubicada a pocos metros. Parecen verdaderos quitasoles frente al enérgico oleaje del Mar de Noruega que a esa altura luce prácticamente negro.

Luego de horas de deslumbrantes parajes llenos de contrastes en el centro del Este islandés, muchos viajeros retornan a Reikiavik para conocer los destinos no visitados a la ida, mientras que otros siguen en la búsqueda de nuevas maravillas naturales.

Las alternativas son infinitas. El Ring Road continúa su trayecto entre rocas volcánicas cubiertas de musgo verde. De fondo, un horizonte infinito, poblado de llanuras de pasto seco, pero fino, donde el amarillo armoniza a la perfección con la nieve que abunda aún más en el norte, ahí donde se encuentra la mayor cantidad de geysers, cuya actividad produce el cien por ciento de la energía que consumen los islandeses.

La ruta continúa entre lagos, glaciares, acantilados y fiordos. El verde, amarillo y blanco de la tierra despiden un día perfecto junto a las tonalidades azules del agua congelada. Es hora de parar en algún lugar. No importa dónde porque alojamiento hay hasta en los lugares más remotos. La noche llega y las nubes se disipan nuevamente. El cielo aclara y al fondo se vislumbra una luz verde aproximándose con calma. La aurora boreal aparece para demostrarle a quien la disfruta que una isla congelada puede ofrecer mucho más que una paleta de colores.

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