Hoi An: Simplemente una belleza

Hoi An Thu Bon

 

 

 

 

La situación parecía un verdadero caos. La torrencial lluvia tropical impedía a los motoristas seguir su ruta al trabajo, a casa o a donde fueran. El viento transformaba las cándidas gotas de lluvia en afiladas agujas que calaban fuerte en la piel y sacudía de lado a lado las cientos de palmeras colindantes a la ruta que une al pueblo con la playa.

De pronto un trueno y en el cielo la luz contigua del relámpago. Los rayos amenazantes desplegaban toda su fuerza sobre las cabezas de los transeúntes que se resguardaban bajo el techo de un local comercial. Algunos turistas gozaban presenciando en primera fila tal acontecimiento, otros, sobre bicicletas arrendadas, simulaban su temor pedaleando apresuradamente. Los lugareños en cambio (artesanos, policías, escolares y temporeras), seguían indiferentes sus rutinas. Acostumbrados a un fenómeno para ellos cotidiano, expresaban en sus rostros apacibles que no había razón para temer.

Hoi An, el oasis vietnamita

Lejos del caos vehicular de Saigón, lejos de la hostilidad en los habitantes de Hanoi y apartado de toda contaminación acústica y física que reina por las calles, praderas, cielos, montañas y poblados del resto de Vietnam, Hoi An resplandece como una gran casona intacta en medio de los derrumbes de las guerras que aún no desaparecen en los tristes rostros vietnamitas.

El escenario brinda tranquilidad y armonía. Incluso el desenfrenado turista gringo pareciera darle un respiro a su agitada ruta fiestera. Si no llueve, su extensa playa se extiende llana, limpia y acogedora, tras un frondoso bosque de palmeras. El mar de perfecta temperatura se asoma tímidamente en la orilla y el viento hace propicio la práctica del deporte a vela. Quizás como pocas instancias en el Sudeste Asiático, aquí conviven vietnamitas y afuerinos en torno a unos fried noodles con camarones y cerveza sobre una mesa de plástico en medio de la arena o simplemente, ocupando un mismo gran quitasol.

Hoi An

Tras horas bajo un sol penetrante, pero aún soportable en abril, el mercado de frutas y verduras insta a seguir conociendo Hoi An sin apuros ni traspiés. Veinte minutos en bicicleta bastan para llegar al centro del pueblo. Un conjunto de pequeñas carpas colmadas de alimentos al borde del río Thu Bon, obliga a los europeos a deslizarse encorvados y con torpeza entre los pequeños espacios que deja la muchedumbre.

“¡Sáqueme una foto para sus álbumes!”, anima una anciana vendedora a un turista. Usa un non la en la cabeza (clásico sombrero de paja en punta) y un gran traje morado le cubre su pequeño cuerpo. Vende sandías, mangos, papayas, durios, pitayas y granadas. El espigando comprador finalmente se lleva casi todo y la mujer sonríe.

Inmediatamente después de los puestos de frutas y verduras, se divisa una infinidad de casas amarillas, en su mayoría con descuidadas tejas en sus techumbres. Antiguas construcciones de influencia china y francesa, se despliegan por todo el centro de Hoi An, dividido únicamente por el Thu Bon.

En sus interiores la variedad es enorme. Casi ninguna es habitada y la mayoría se ha convertido en tiendas de suvenires, rústicos restaurantes, heladerías, zapaterías, locales con réplicas de parcas North Face y sastrerías para hacerse un traje a la medida y a un precio muy bajo. Quizás ésta, la tradición turística más conocida de la localidad.

Cada negocio es atendido por alemanes, portugueses, brasileños, chinos, vietnamitas y canadienses. Una confluencia cultural que solo se rige bajo un factor común: la sonrisa.

La magia de un oasis nocturno

El sol se esconde y el cielo se torna completamente naranja. Las nubes comienzan a aparecer y dejan pequeños vestigios de la poca luz solar que queda. Los coloridos lanchones flotan amarrados a la orilla del río y los puentes son iluminados por lámparas redondas de papel pintadas con colores vivos.

En el aire se respiran los condimentos de los restaurantes que recién abren y de fondo se escucha una folclórica canción asiática que ocupa cada esquina del pueblo. Una banda compuesta por ocho músicos hace bailar y jugar a una veintena de niños dispersos en una de las plazas.

Hoi An

Hoi An ha sufrido una mutación que se repite a diario. De la pasividad del día a la magia nocturna. Aquí no llega el reggaetón latino ni la electrónica europea. Las discotecas no encontraron nunca su nicho y los bares se prestan para una buena conversación entre turistas y locales, ante la iluminada noche transcultural de este destino tan atípico, escondido en el corazón de Vietnam. En un lugar donde la ideología política nunca hizo eco, donde la rivalidad de Saigón y las fuerzas del Viet Cong nunca encontraron un sentido. El lugar donde para el nativo jamás importó la procedencia de su visitante ni la de su colega de trabajo. El pueblo que acoge en cada momento a quien quiera conocerlo.

La noche baja y el sol vuelve a aparecer. En esta pequeña localidad, declarada en 1999 Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y otrora puerto comercial más importante del Sudeste Asiático entre los siglos XV y XIX, los negocios abren desde temprano y desde afuera se ve a sus dueños comiendo un desabrido plato de arroz y sopa. La luz ahora es natural. Cae la magia y vuelve la calma.

El cielo se tiñe de gris y la lluvia cae sin previo aviso, fuerte, como el surtidor de una ducha, interrumpiendo la serena aparición de los primeros lanchones pesqueros por la hasta entonces plácida corriente del Thu Bon. Desde algunos taxis bajan nuevos turistas cargando grandes mochilas. La tormenta tropical los sorprende y corren por entre los ya acostumbrados habitantes de Hoi An. Escapan del agua y los rayos, pero un solo día les bastará para acostumbrarse. Ahora lo que verdaderamente les espera es simplemente una belleza.

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