Ernesto Olivares cuenta su travesía por la Antártica

Ernesto Olivares. La Antártica.

Este perfil a Ernesto Olivares fue publicado en Revista Vía el año 2013.
Las fotografías son propiedad de Vertical y fueron compartidas para dicha publicación.

 

Sobrevivir a cuarenta grados bajo cero, escalar montes de hasta cuatro mil metros y soportar más de dos meses caminando siete kilómetros diarios en esas condiciones, es sorprendente. Pero escuchar a uno de los sobrevivientes de esta hazaña es alucinante.

El montañista Ernesto Olivares se abre camino por los gélidos paisajes de los Campos de Hielo Sur, específicamente en el Cordón del Cerro Torre. Sortea con agilidad la nieve onda y el hielo. En el horizonte lo espera la imponente montaña rocosa, cuyo color gris rompe con el monótono blanco de sus faldeos.

Va en una expendición organizada por Rodrigo Jordán junto a otros diez montañistas. Al rato, mientras esquía a trazo lento, se le acerca el mismo Jordán. Lo mira y le dice: “la Antártica, ¿qué tal ah?… Piénsalo”. A Ernesto lo inunda el misterio, pero no le da más vueltas.

Al día siguiente, mientras conversa con Eugenio Guzmán (Kiko), Rodrigo Jordán vuelve a aparecer: “¿Y? La Antártica… Piénsenlo”. Ernesto mira a su compañero y le pregunta si sabe algo, pero él tampoco entiende.

Finalmente se enteraría de que junto a Pablo Gutiérrez conformarían un cuarteto que, durante 67 días, intentaría lograr la travesía única de recorrer 407 kilómetros desde el interior de la Antártica hasta la base Patriot Hills. En ese instante, Ernesto entendió que la expedición por los Campos de Hielo Sur no era más que una evaluación de Rodrigo Jordán para seleccionar a sus acompañantes en un trayecto aún inexplorado por el ser humano.

Un sitio devastador

La Antártica. Ernesto Olivares.

Era noviembre de 2002. El avión ni siquiera despegaba desde Punta Arena hacia Patriot Hills y Ernesto ya sentía una bandada de pájaros en el estómago: pisaría por primera vez territorio antártico. El frío, a pesar de estar completamente equipado con indumentaria apta para aguantar 40 grados bajo cero, le indicaba que los dos años de preparación para esta travesía no eran insuficientes.

“Cuando aterrizamos me di cuenta de que una cosa es que te lo cuenten y la otra es estar en este lugar que no te da ningún respiro. Una cosa es saber la teoría, pero lo otro es no sentir tus dedos”, dice Olivares con una sonrisa eterna en su rostro de piel morena y mirada penetrante, hoy sentado en un cómodo sillón de un calefaccionado Starbucks Coffee.

Pero no fue sino hasta cuando los dejó el segundo avión (desde Patriot Hill hacia el interior del continente blanco), que se percató de que solo le quedaba una opción: caminar para poder contar esta historia que recién empezaba.

Los primeros tramos se recorrían lento, pero al menos gozando de un calor inusual. “Teníamos días ricos de sol con menos diez grados”, cuenta Ernesto Olivares. El grupo avanzaba a paso firme y disciplinado en turnos de dos horas. Esquiando o caminando. Sin embargo hubo un primer quiebre de alerta. Si bien el frío intenso se capeaba con el ejercicio de tener que subir una primera montaña, la hipotermia aparecía en el momento de bajarla por el otro lado. Vale decir, pasar del sol a la sombra.

“Fue un día dramático. Estábamos cruzando una pendiente y yo era el encargado de bajar primero para estacar la cuerda y bajar los trineos. De repente sentí un aire muy helado, penetrante. Podía oler el hielo. Al rato me percaté de que estaba al lado de la sombra y al entrar en ella, inmediatamente pasé de menos 15 a menos 30 grados”.

Ese día Ernesto sufrió su primera hipotermia. Aquella zona que alguna vez imaginó como una enorme y apacible planicie blanca, ya no lo era y con el correr de los kilómetros, se daría cuenta de que el soplido tempestuoso del viento que bajaba desde los altos macizos, le advertía que no podía detenerse.

Un talento oculto

Las jornadas de asensos a montañas y tránsitos a 150 metros de altura sobre inestables glaciares, exigían al cuerpo y a la mente un trabajo constante. La convivencia andaba bien ya que las diferencias entre los cuatro integrantes se solucionaban al terminar cada trayecto. Nunca hubo una ruptura en las relaciones, pero faltaba un poco de distracción.

Los momentos de ocio se daban durante las tormentas. Encerrados en la carpa, si no se debía sacar la nieve que caía sobre el techo, o no había un llamado de la naturaleza, absolutamente nada se hacía aparte de cocinar e intentar dormir con 24 horas de luz al día. Entonces Kiko comentó algo que cambiaría la vida de Ernesto: “Oye Olivares, ya que lees la Biblia y tenemos harto tiempo aquí, ¿por qué no me cuentas algún pasaje?”. Él aceptó y lo hizo con tanta gracia, que a sus palabras se sumaron los oídos de Rodrigo y Pablo. Pero el cuento se acababa, entonces cambió la Biblia por el cine y el cine por historias de vida.

Afuera el frío y adentro un calor que oscilaba entre cero grados y menos cinco. Todos escuchando a Ernesto como si fuese la televisión que no pudieron llevar. Un día, mientras se preparaba el almuerzo, Rodrigo Jordán le dijo: “¿por qué no haces charlas motivacionales? Tu deberías contar historias”.

El cuenta cuentos

El ocio era bien suplido con las historias de Ernesto, pero aún quedaban kilómetros por recorrer en “este planeta paralelo”, como lo llama. “Un lugar que te obliga a hacer las cosas bien. Si un día te pusiste una calceta arrugada, te sale una ampolla. Si te pusiste menos ropa, caes con hipotermia, pero si te abrigaste mucho, entonces te deshidrataste por transpiración. Todo pasa por tus propias decisiones”, concluye.

El trayecto continuaba, cada uno cargando su propio trineo con 150 kilos en suministros, equipos y combustible. Subiendo cumbres vírgenes de hasta cuatro mil metros sobre el nivel del mar y buscando los puntos de luz directa en la sección Cordillera Centinela de los Montes Ellsworth (ruta principal de la expedición). Hubo lesiones en los tobillos y desgastes físicos. Hubo cimas que no se alcanzaron por enfriamientos severos, pero nada de eso fue una derrota. La meta era caminar siete kilómetros diarios para lograr el tiempo perfecto y se logró.

Atrás quedaban los montes Hudman y Mohl. Más lejos el Macizo Vinson y ya olvidado el Glaciar Newcomer, punto de largada de la excursión. Sabían que faltaba poco, pero aún no se veía nada. Una aventura devastadora, donde aparte del hielo, la nieve y las rocas, no hubo señales de vida. Nada, ni de flora ni fauna.

Finalmente, luego de caminar horas en silencio debido al desgarrador ruido del viento antártico, refugiados en la convicción de que solo valía llegar a destino, el humo que emergía del campamento Patriot Hills les señalaba la estación terminal.

Para Ernesto, en el horizonte no solo estaba la meta, sino que se vislumbraba una incipiente carrera. Al volver al continente, tenía un cupo fijo en Vertical, la empresa de formación de equipos laborales de Rodrigo Jordán. Sería el nuevo charlista motivacional, y probablemente el mejor. Desde aquél momento en que contó la Biblia, Ernesto Olivares no pararía nunca más de contar historias.

La Antártica. Ernesto Olivares.

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